EL GRAN DÍA

Once de febrero de 2014. Era una mañana fría de narices en Madrid. Mi marido ya se había ido a trabajar. Yo tenía monitores y después eco. Nos volveríamos a ver para la eco, a eso de la una y media. Acababa de cumplir 37 semanas.

Me visto, me lanzo unos super labios rojos y una trenza de medio lado (el típico peinado que me hago cuando llego tarde y no tengo tiempo para maravillas) y justo cuando voy a salir me tocan a la puerta.

Hola, venimos a mirarte la ducha porque los vecinos de abajo tienen humedades. Mierda. Ahora no.

Vale, pero dos segundos que tengo que estar en el hospital ya. Entran, revisan y se van y yo bajo los cuatro pisos corriendo y al llegar abajo pienso: Paula estás embarazada, ¿recuerdas? En fin, abro la puerta dispuesta a coger el metro y me encuentro con una nevada espectacular. ¡Nevando en Madrid! Pues esto sí que es raro. Me quedo unos segundos embelesada mirando los copos y me lanzo a parar un taxi.

Lo cojo, apesta a cerezas o moras o fresas… yo que sé, pero apesta. El conductor canta la canción de la radio con unas ganas que al final casi le aplaudo. Así da gusto empezar el día. Con la nieve: atasco, por supuesto, así que le digo al cantante taxista que me deje por donde pueda que casi que continuo andando que llego antes. Llego al hospital y recorro los pasillos volando hasta que estoy frente a la sala de monitores de la que sale justo en ese momento la enfermera. Cincuentaitantos, bajita, de ojos grandes y expresivos, y con una sobredosis de energía de esas que se contagia. Hola guapa, entra, ponte cómoda que vamos a empezar. La mejor parte, pienso, un poco de relax, por fin. Me recuesto en la camilla, me pongo la banda, me conecta a la maquinita y empiezo a comerme mis galletas de chocolate, mientras oigo el zumbido de su corazón de fondo.

Estoy sola, si no fuera por el color de las paredes hasta podría pensar que estoy en un spa. Me como la última galleta justo cuando la superenfermera sobrecargada de energía me dice: Anda, espera fuera que en unos minutitos te ve la ginecóloga y te revisa los resultados.

Me siento fuera y al poco me vuelven a llamar. Entro a la sala, huele a medicamentos y a flores. Curiosa mezcla. La enfermera me mira con sus enormes ojos desde la esquina. La ginecóloga me hace un par de preguntas de rutina y me dice que ya que estoy ahí, me va a mirar.

Me recuesto en la camilla y la superenfermera me ayuda a desvertirme mientras no para de hablar y reír. La ginecóloga me empieza a hacer un tacto mientras sus ojos se abren cada vez más. Dejo de hablarle a la enfermera energética para preguntarle aterrorizada a la ginecóloga, ¿todo bien? A lo que ella reponde: ¿Pero tú no tienes contracciones? No. ¿Seguro? Sí. ¿Pero en serio que no te duele nada? No, en serio…

A punto estaba del ataque al corazón por no entender qué diablos pasaba cuando dice: cuello borrado, cuatro centímetros de dilatación, le estoy tocando la cabeza. De aquí no te vas, chata, estás de parto.

Vale. No sé cuál es la reacción normal ante una situación cómo esta pero yo lo que hice fue partirme de la risa. Supongo que una mezcla de flipe, nervios y miedo. Partida de la risa seguía yo cuando me senté fuera a esperar a la celadora que me llevaría a la planta de maternidad para hacer el ingreso. Partida de la risa le dije a mi marido que ya no hacía falta que viniera a la eco de la una y media porque no me la iba a hacer. Partida de la risa continué cuando le dije que en realidad tenía que venir ya al hospital porque el bebé estaba de camino. Él creo que no se partió de la risa, ni un poquito. Sus compañeros de trabajo todavía recuerdan su cara hecha un poema al teléfono preguntándome, ¿pero estás de broma? Partida de la risa salí de la sala de monitores hasta que la chachienfermera salió corriendo de la consulta para largarme dos besos y decirme: ¡qué bien, para la cena ya tienes a tu bebé contigo!

Fin de la risa. Espera, ¿cómo que para la cena? Creo que fue en ese instante que de pronto no me pareció tan gracioso. Espera, espera, que yo quiero ser madre, pero justo hoy no lo tenía yo muy planeado. Mientras recorría el laberíntico hospital con la celadora y la cabeza de mi bebé entre las piernas, no podía parar de pensar en las sábanas nuevas de la cuna sin lavar, en la lista de la compra colgada en la nevera sin hacer, en los peleles que aún me faltaban por tener.

Una vez en la planta me ponen la batola mesacamilla y me llevan a la sala de dilatación. Ala, maja, a pasarlo bien. Cuando mi marido llegó con su cara poética y sudando a mares pese a que hacía frío polar, yo ya estaba recostada de medio lado cual sirena con mis super labios rojos, mi trenza y mi sonrisa de sí, ya lo sé, yo tampoco me lo creo.

Casi seis centímetros tenía  y sin sentir una sola contracción. Esto no debe de ser bueno, les decía a las enfermeras, a lo que ellas repondían: Bueno, cada uno tiene un umbral del dolor diferente, disfrútalo. ¿Quieres epidural? Buena pregunta. Ciertamente ahora no la necesito pero esto se va a poner feo en algún punto y luego tengo que sacarlo de ahí… yo creo que sí.

Me puse la epidural mientras aclaraba que mis labios rojos no habían sido premeditados. No era mi outfit de parto, ni mucho menos, era simple casualidad. Creo que no las convencí del todo.

Claro, pero esto es la historia de un parto y como en cualquier batallita la cosa se pone fea. Y se puso. La epidural empezó a evaporarse y de pronto me di cuenta de que estas cosas duelen y sí duelen mucho, afortunadamente me pusieron un pequeño refuerzo y se hizo más llevadero.

Estuve empujando unas dos horas, pero se ve que mi bebé estaba tan cómodo en su posición que dijo: de rotar, yo nada. Así que mientras me sacaban de la sala de dilatación hacia paritorios la matrona me dijo: oye, tenemos que ayudarte, pero tiene que estar fuera en tres empujones, así que de ti depende.

Recuerdo que en el camino hacia paritorios me sentía como debieron sentirse los gladiadores antes de salir a la arena durante el imperio romano. De hecho, hasta tuve público, porque una vez en la sala entró un grupo de estudiantes para ver el show.

Bueno, esta parte la recuerdo a medias, pero sí que fueron tres empujones, (maniobra de kristeller y fórceps incluídos) pero tres empujones al fin y al cabo.

Y se paró el tiempo, y no había público, ni dolor, ni miedo. Solo tú, yo y el bebé, feíto a más no poder, por cierto,  pero sano y fuerte y llorón, muy llorón.

Y ese momento lo recuerdo perfectamente, incluído su olor, curiosamente dulce y agradable y su calor. Lo recuerdo perfectamente, sí, luego probablemente entraron los de Men in black para flashearme y hacer que solo me quedara con lo bueno. Listillos.

Y así es como quizás fue aquella tarde nevada del 11 de febrero de 2014 en la que de repente nuestras vidas se dieron la vuelta y nos enseñaste a mirarlo todo desde esa perspectiva. Gracias, nené. Gracias por hacernos más grandes. Fin.

la foto

Nota: aprovecho la ocasión para agradecer a todo el equipo de matronas, enfermeras, ginecólogos, pediatra y demás personal del Hospital Clínico San Carlos por su profesionalidad y cariño. Nos sentimos como en casa.

Gracias especiales a la superenfermera hiperactivaenergética por el buen rollo y por su sonrisa, aunque no sepa nunca su nombre. Mil gracias.

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4 comentarios

  1. Minombrenotegusta#comimosPasteisdeBelem#mihermanaesuncentriolo :D

    ¡¡Qué bonitooooooooooooooooooooooooooo!! Y qué suerte nena…pocos partos debe haber taaan buenos 😉

  2. Paula Díaz Mesa

    Jejejeje…supongo que no me puedo quejar. Me alegro de que te guste. Un beso, entrenadora personal 😀

  3. Uve Gonzalez

    Gracias, gracias y gracias… por contarme parte de tu mundo… adoro tus post.s

  4. Paula Díaz Mesa

    Mil gracias a ti por leérme. Un abrazo 🙂

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