Echa un puñado de dátiles, otro puñado de nueces y unas pocas semillas de sésamo dentro del procesador y lo tritura todo hasta que se convierte en una masa dura y consistente pero manejable. Hace una bola y comienza a estirarla con las manos hasta aplanarla completamente, la rodea de film transparente y la guarda en la nevera por una hora.

Una hora. Eso es justo lo que tiene para fregar los platos, ordenar el salón, hacer la cama, ducharse, vestirse, maquillarse, regar las plantas, dar de comer al gato, ojear su CV, hacer algo con la locura de su pelo y calzarse unos taconazos.

Saca la masa de la nevera y la corta en porciones que envuelve en papel vegetal. Barritas energéticas las llaman. Energía es justo lo que necesito yo hoy, piensa, pero de la buena. Desde la última entrevista de trabajo en la que fue descartada por estar sobrecualificada, no había recibido ninguna otra oferta y de eso hacía ya demasiado tiempo.

Coge una de sus barritas y mientras se la come sale de casa con paso firme, fingiendo seguridad.

Al volver a casa, se para delante de la nevera y decide comerse otra. Se sienta en el sofá justo al lado de los tacones que descansan en el suelo y deja que su gato la mime. Saborea su barrita. Nunca hasta ese momento, le habían parecido tan deliciosas. El sabor del éxito, piensa. ¡Buen provecho, directora!

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