Lava y rompe la lechuga en trocitos. Corta las fresas y las naranjas y se las añade. Unas cuantas almendras laminadas y listo. Eso es todo lo que necesita la ensalada que The Domestic Geek propone para brunchs. Bastante simple, como casi todo lo bueno en esta vida.

Hoy no quiere leer sobre bombas en aeropuertos o metros, ni sobre lodazales en los que malviven niños y familias desesperadas. No quiere saber nada de la violencia de género, ni sobre el cambio climático, ni sobre los perros maltratados y abandonados, ni sobre la corrupción o las miserias de la política. No, hoy solo quiere comerse su ensalada y disfrutar de lo que tiene, de lo que ha podido conseguir, de la bendita suerte que le ha permitido nacer en una isla del paraíso, junto a unos padres trabajadores y cariñosos que la criaron y le enseñaron casi todo lo que sabe. La misma suerte que le permitió conocer al hombre de su vida y crear su propia familia. Esa suerte terriblemente aleatoria, escurridiza pero maravillosa. Esa suerte de la que está tan agradecida que a veces duele.

Exprime una lima, le añade un chorrito de aceite, miel sal y pimienta y aliña la ensalada. Junto al delicioso sabor se cuela uno desagradable. El de sentirse mezquina, consentida, por querer crear una burbuja en la que no caben lodazales, ni bombas, ni contaminación. Una burbuja que la convierte en un poco cómplice de este caos que algunos llaman mundo.

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