Hierve el agua, añade un poquito de sal y cuece la pasta. Reserva una taza de esa agua y calienta el pesto que compró esa misma mañana en el supermercado haciendo oídos sordos a esa idea de que lo precocinado es igual a caca de vaca.

Una vez caliente, lo añade a la pasta y lo mezcla todo con la taza de agua. Corta unos tomatitos cherry y los sirve junto con unas hojas de espinacas.

Nunca le ha gustado la comida precocinada, ni los sucedáneos, cierto, pero tiene que admitir que este plato le ha quedado redondo y que parece comidita casera de la buena buenísima. Y mientras la devora con esa hambre con la que termina teniendo hipo, se da cuenta de que en esta vida, a veces, uno no solo tiene que ser menos exigente, sino disfrutar de ello. ¡Buen provecho!

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