SÍ, TÚ.

Y tú, que adoras levantarte tarde los fines de semana, que te quedarías cada chucho pulgoso que ves en la calle, que disfrutas al máximo del tiempo que dedicas a mimarte, a irte de compras. Sí, tú. La misma que no siente especial predilección por los niños, la que se jacta de ser cero maternal, esa misma, sí, se despierta una mañana con sobredosis hormonal y llega a una simple y potente conclusión: quiero tener un bebé.

Y de pronto no hay chuchos por las calles sino mujeres embarazadas, no hay escaparates más atrayentes que aquellos con peleles, no hay nada más adorable que una barriga descomunal.

Y no sabes qué demonios ha pasado, no sabes cuándo ha pasado, pero te llega, así de repente, sin avisar, casi como una fiebre y ahí estás, contando días, calculando ovulaciones, imaginando las dos líneas.

Y empiezas a pensar en el “ysinopuedo” y te aterra la idea, y no entiendes cómo es que nunca antes te lo habías planteado y analizas cada centímetro de tu cuerpo en busca de señales. Y empiezas a ser consciente de verdad de que hay cosas que uno, por más que quiera, no puede controlar y te frustras. Hasta que de repente se te pasa, y haces otros planes, y las hormonas se van de paseo o se entretienen o se duermen o no sé qué. Y una mañana, una mañana cualquiera, el mundo se da la vuelta y ahí están. Las dos líneas. Y aunque imaginadas y soñadas hasta la saciedad, te dejan flipada, parada, bloqueada…y feliz. Muy feliz.

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