Vale, sucedió así, de repente, no sé muy bien cuál fue la motivación exacta que hizo que ese día salieran de mi boca las palabras mágicas, pero pasó: hoy voy a correr.

No sé tú, pero cuando a mí me da un arrebato de éstos, mejor aprovecharlo que no dura mucho.

Me puse unos leggings viejos, una camiseta de mi marido y unas zapatillas que no son para correr, pero dan el pego y me fui al campo de batalla, así, a pelo, pero cargada de energía y decidida a triunfar.

El bacatazo fue bastante brutal. Tras unos tres minutos corriendo el suelo empezó a abrise bajo mis pies y los demonios del infierno empezaron a saludarme con una sonrisita bastante miserable dibujada en la cara.

No tuvo gracia, ni un poquito. Recogí mi orgullo del suelo y volví a casa caminando e hiperventilando mientras pensaba: ¿en serio, Paula, tres minutos?

Vale sí, perdí la batalla, pero no la guerra. Al día siguiente estaba en Decathlon armándome hasta los dientes. Si voy a hacerlo, voy a hacerlo bien. Y lo juré por mis ovarios postpartiles.

to-be-continued

Nota: si has decidido empezar a correr conmigo, sube una foto que lo demuestre a Instagram con el hashtag #elinfiernosellamacorrer. Me alegrará saber que no estoy sola ¡Ánimo, camarada!