Tras hacer unas zanahorias y brócoli al vapor, decide empezar a hacer la salsa. Las verduras siempre le han gustado, pero mejor darles un toque especial, para que no aburran. Pone en un pequeño cazo un poco de aceite con un chili en pedacitos y un buen puñado de nueces, tras tostarlo todo un poco a fuego fuerte, añade la nata y al final el chorrito de miel.

Lleva las verduras y la salsa a la mesa y empieza a saborear rápidamente la mezcla dulce y picante y disfruta con el resultado. Qué hambre, piensa. Cuando aún sigue ensimismada con el sabor de la salsa, lo oye llorar. Se acerca a la cuna para consolar a su bebé y de pronto, se da cuenta. Cuántas veces imaginó como sería su hijo. Y ahí está, justo frente a sus ojos, mirándola, buscando su regazo y sigue sin apenas creerlo. Lo acurruca en los brazos y de pronto le llega, así, de golpe, casi como un grito. Es madre. Madre. Y todo es igual pero distinto. Y al sentarse nuevamente a la mesa, la salsa y las verduras ya están frías. Siempre odió la comida fría… pero ahora tiene un nuevo sabor. Y le gusta, le gusta mucho.

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