UNA ENTRADA NO ÑOÑA

Esta no es una entrada ñoña, porque no pienso hablar de lo maravilloso que es eso de hacerse madre, de lo mucho que te cambia la vida. Tampoco voy a hablar de las veces que tengo que contenerme para no comerme a besos al bebé o de cómo adoro su olor, que puedo reconocer hasta con los ojos cerrados.

Ni que decir tiene que no voy contar la cantidad de veces que he admirado su cuerpo suave y pequeñito, ni de cómo sigo sin creer que todo eso lo construí dentro de mí, poquito a poco. No se me va a ocurrir hablar sobre sus tiernos ruiditos, sobre su calor o su respiración en mi pecho, al dormirse. No voy a decir cuántas veces tengo que ir y venir a la luna para poder explicar cómo lo quiero con locura y por supuesto jamás admitiré que me sigue hipnotizando su mirada y que creo que me ha conquistado.

No reconoceré que me he enamorado, pero por encima de todo, no diré que doy gracias en secreto a toda la buena energía que hizo que el 11 de febrero llegara a nuestros brazos sano y salvo. No, no diré nada de eso. Suerte que no me he convertido en una ñoña.

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