ENSALADA DE YO NO, YO NUNCA.

¿Él sabe que llegas hoy? Le preguntó su padre unos minutos antes de pasar el control de equipajes. Sí, le respondió vagamente ella, temiéndose la siguiente pregunta. ¿Y te va a buscar al aeropuerto? No lo sé, no creo, él llegó ayer y me imagino que estará cansado. Además no tiene ninguna importancia, no necesito que me vaya a buscar, la residencia no está tan lejos del aeropuerto, ¿qué más da? Escupió ella fingiendo que no sabía qué era lo que insinuaba su padre. Él, su mejor confidente, simplemente se limitó a mirarla a los ojos.

Sacó la tarjeta de embarque del bolsillo izquierdo e intentó disimular el temblor, abrazó a sus padres y se alejó con su sonrisa de papel, la que usaba cuando quería aparentar que todo iba bien.

No tiene importancia, se dijo para sí. No significa nada. Y decidió repetir este mantra durante todo el viaje. En el fondo, estaba enfadada con su padre, molesta porque su impertinente pregunta la había puesto nerviosa. ¿Y qué más da? No tiene importancia, no significa nada. Además, ¿por qué habría de hacerlo? ¿Por mí? Yo no, yo nunca. No tiene importancia, no significa nada.

Fueron casi seis horas de viaje, seis horas de autoconvencimiento, de sonrisa de papel, de recuerdos, de nervios, de miedo. Seis horas terribles en las que su mantra se convirtió en su mejor compañía. Yo no, yo nunca.

Al llegar a Lisboa se limitó a seguir a los pasajeros de su vuelo. Chico de chaqueta azul, mujer de pelo gris. Recogió sus maletas de la cinta, intentando controlar el temblor y repitiendo su mantra: no tiene importancia, no significa nada. Casi se sorprendió al ver que se abrieron la puertas de la salida al percibir su invisible presencia. Yo no, yo nunca.

Concentrada en las líneas del suelo, repitiendo su mantra, controlando el temblor. Yo no, yo nunca. Podría haber llegado hasta la décima línea del suelo si no hubiera sido por aquel cartel blanco. Tropezó y al elevar la mirada, molesta por la interrupción, lee: The most wonderful girl I’ve ever met.

A los lados del cartel blanco, sus manos, detrás, sus ojos. No más mantra, no más sonrisas de papel, no más fingir. Se le tiró encima y le abrazó tan fuerte como nunca antes había hecho y por primera vez en toda su vida se sintió así, the most wonderful girl, y se lo creyó todo y decidió saltar, sin miedos, sin dudas. Porque ella sí, ella sí.

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Nota: a veces, los platos más sencillos tienen detrás las más bonitas historias. En este caso solo necesitas lechuga (tu favorita), papaya, mandarina y pipas de girasol. Cualquier almíbar de frutas o vinagre balsámico con azúcar pueden servirte para aderezarla. El otro ingrediente que necesitas es optimismo. El amor está por ahí, puedes tropezarte con él en cualquier lugar. ¡Buen provecho!

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