ARVEJAS Y TORMENTA

Tres días de alerta máxima. Tres días de lluvias y nubes y gris. En la radio habían dicho que las clases se suspendían y que no teníamos que ir al colegio. Ni a mi hermano ni a mí nos disgustó la noticia. En absoluto.Admito que el primer día estuvo bien, especialmente cuando se fue la electricidad y mi padre tuvo que improvisar una noche de cuentos y cuando la única luz que entraba era la de los relámpagos. Sé que mi hermano estaba disfrutando como nunca, aunque no quisiera admitirlo. Pero ya habían pasado tres días de eso, y estábamos algo hartos de vivir en casa enclaustrados.

Mi madre esa noche, para cenar, preparó un plato que desde ese momento conecto con el invierno. En Canarias lo llamamos “arvejas compuestas” o guisantes con chorizo.

No había mucho en la despensa, así que improvisó una versión express. Puso en la olla una cebolla picada y un diente de ajo, una vez doraditos añadió el chorizo, un buen chorro de vino blanco y una hoja de laurel. Dejó que el vino evaporara y le añadió tomate frito y acto seguido, las arvejas o guisantes. Fuego lento unos 15 minutos y listo.
Devoramos en un instante, disfrutamos de su sabor clásico y eterno y nos fuimos a la cama escuchando llover.A la mañana siguiente me despertaron mis padres casi a gritos, salté de la cama y subí a la azotea de casa. Al lado derecho se extendía el mar, azul, inmenso, calmo. Al lado izquierdo el Teide, majestuoso, brillante y… completamente blanco. El sol de la mañana lo acariciaba dándole una apariencia sobrenatural.

Creo que fue en ese instante cuando me di cuenta de que en esta vida incluso las más duras y largas tormentas tienen un fin y, a veces, tras ellas, llega la recompensa. ¡Buen provecho!

 Parque Nacional del Teide, Tenerife. Islas Canarias.

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