LA HUCHA

Ponerle una tapa a una hucha equivale a tomarse un café descafeinado o ir a un museo con los ojos vendados. No es lo mismo. Adiós al encanto.
No sé quién fue el que inventó la trampa, pero el que lo hizo despojó a las huchas de una de sus ceremonias más importantes: el momento de romperlas y finalizar aquel período de emoción y esfuerzo.
Probablemente es mucho más beneficioso y seguro abrir una cuenta de ahorros en un banco, pero seamos francos, no tiene, ni de cerca, el más mínimo atractivo.Nunca llegué a romper una hucha con un martillo, pero mis padres, me regalaron una de metal que para ser abierta debía usarse un abrelatas. Venía a tener el mismo efecto y aún recuerdo perfectamente el día en el que todos nos reunimos dispuestos a abrir nuestro tesoro y descubrir sus encantos. Mi hermano y yo nos pasamos toda la tarde amontonando monedas y saboreando la sensación de sentirnos ricos (ahora me doy cuenta de que la riqueza de la que disfrutamos no venía precisamente de las monedas).

¿Pero cómo empezó esta moda de las huchas? En Inglaterra, allá por el siglo XV, se utilizaba un tipo de arcilla de color anaranjado que se llamba “pygg” para hacer utensilios de cocina. En aquel tiempo también se empezaron a usar ollas y jarras para guardar monedas, por lo que comenzaron a llamarse “pygg jar”. Ya en el siglo XVIII se le dio a aquel recipiente el nombre que ha llegado hasta nuestros días “piggy bank” (el nombre Piggy Bank evoca el juego de palabras con los nombres de la arcilla y la del cerdo, “pygg” (arcilla rosada) y pig (cerdo, en inglés), y los conceptos asociados a la riqueza y la abundancia).

Si uno mira la situación de la economía y el nivel ético del que gozan bancos y banqueros, empieza a tener cierta tentanción de volver al clásico cerdito para guardar los ahorros. Yo, por lo pronto, me aseguraré de que no tenga trampa, por aquello de no perder el encanto. ¡Buena suerte!

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