PETOS Y ALMENDRAS

Que tire la primera piedra quien no haya tenido alguna vez un peto. El mío era en realidad una falda vaquera con rayas de muchos colores con la que me encantaba ir a jugar. Tenía un enorme bolsillo en la parte delantera en el que mi madre, cada vez que iba a lavarlo, encontraba de todo, mil tesoros.
Un día, tuvimos la genial idea, mi prima y yo, de coger tantas almendras como pudimos de los árboles que crecían al lado de mi casa e ir a venderlas por el barrio. La aventura finalizó con mi madre al borde del ataque de nervios sin saber dónde habíamos ido a parar y una buena regañina al encontrarnos a las afueras explotando nuestras habilidades comerciales. No pudimos vender ni una sola almendra, pero mereció la pena el intento.Es genial eso de verlos nuevamente salpicando los escaparates de las tiendas, me trae recuerdos de infancia, aventuras, regañinas y almendras.

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