Hay muy pocas cosas que recuerdo de mi bisabuelo, porque yo aún era pequeña cuando murió, sin embargo, hay tres cosas que no olvidaré: su sombrero de ala, del que jamás se separaba, sus bastón, que le acompañaba siempre y su odio voraz a la mantequilla.
Yo nunca entendí de dónde venia semejante odio, hasta que mi madre me contó su historia.Mi bisabuelo era áun un joven escuálido cuando decidió cruzar el oceáno Atlántico en busca de un futuro mejor con sus dos hermanos mayores. Emigraron a Cuba para trabajar en la caña como tantos otros canarios en aquellas primeras décadas de 1900, y lo hicieron en un barco que poco debían envidiar los cayucos, teniendo en cuenta que iban a cruzar medio mundo con él. La travesía duró mucho más de lo previsto y se quedaron casi a la deriva sin nada que llevarse a la boca, salvo mantequilla.

Tras algunos años en la tierra del son, volvió a Canarias con los bolsillos un poco más llenos, el alma más fuerte, los zurcos del rostro más profundos y la terrible pérdida de uno de sus hermanos, cuya alma debe deslizarse todavía hoy entre cañas de azucar, ron, puntos cubanos y habanos.

A veces me pregunto, cuando veo alguna maleta antigua, la de historias que ocultará, la de destinos y personas que habrá conocido y mi primer recuerdo siempre va hacia mi bisabuelo, su sombrero, su bastón y su odio a la mantequilla.
Ya no somos los emigrantes que fuimos, eso es cierto, pero si de algo nos ha servido nuestra historia – lejana y reciente – es para aprender a dignificar y respetar la figura del emigrante.

Hay una cosa que nos une a todos por igual seamos de donde seamos y vayamos a donde vayamos: la tristeza de volver la espalda al lugar que nos vio nacer y a los que nos vieron crecer y la visión de que, tal vez, no volverá a ser nuestro hogar.
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