MALETAS

Ahora que hago un repaso a mi pasado, me doy cuenta de lo afortunada que fui. Estudié en un buen colegio y uno de los mejores institutos de la isla, fui dos veranos a Irlanda para hacer cursos intensivos de inglés, empecé mis estudios en la Universidad, pasé un año en Lisboa estudiando en una de sus universidades y finalmente me gradué…y todo, absolutamente todo, gratis. Si no hubiera sido por la educación pública y esas ayudas del gobierno, probablemente ni mi hermano ni yo, hubiéramos podido licenciarnos jamás.Pero no fue fácil, que nadie lo piense. Para poder conseguir esas becas tienes que estudiar, esforzarte y aprobar. No sirve de nada eso de estuve cerca, o casi, o a la próxima vez será. No hay próxima vez, de tus resultados depende tu futuro y la tensión puede ser agotadora.

Ahora que miro lo que hice no logro entender cuál era el afán del país en prepararme de la manera que lo hizo. Aquí estoy yo, licenciada, llena de ideas, proyectos, sueños…convertidos todos en una simple utopía. Y lo más triste de todo es que en esta sala estoy acompañada. No estoy sola, no, hay miles y miles de jóvenes incluso más preparados que yo, todos llenos de energía y dispuestos a empezar…pero el qué. Este país nos ha estafado, nos han llenado la cabeza de futuro, de retos, de ilusiones y ahora nos dicen que los pongamos en una caja y los tiremos al mar del desempleo.

Nos han hecho una encerrona, una encerrona en la que las opciones se reducen a tres: o tienes una suerte tipo milagro que te permite encontrar el trabajo para el que te has estado preparando prácticamente toda tu vida, o te resignas a vivir eternamente en casa de tus padres, hacer de tripas corazón e intentar subsistir con lo que sea, o te vas fuera, donde quizás y con algo de suerte puedas incluso alquilarte un piso, y sentirte realizado.

Para aquellos que ya se hayan decantado por la última opción, las maletas de Salvador Bachiller son la mejor forma de ponerle buena cara a esto de dejarlo todo y buscar nuevos horizontes.

Mi bisabuelo, emigró a Cuba desde Canarias en un barco que poco debían envidiar los cayucos, teniendo en cuenta que iba a cruzar todo el océano. La travesía, duró mucho más de lo previsto y se quedaron casi a la deriva sin nada que llevarse a la boca, salvo mantequilla. Sobrevivió gracias a ella, trabajó durante unos años en la caña y regresó a Canarias con los bolsillos un poco más llenos, el alma más fuerte, los zurcos del rostro más profundos y la fija intención de no volver a comer mantequilla en lo que le restara de vida. Afortunadamente para nosotros, las cosas han cambiado un poco, y ya no somos los emigrantes que fuimos. Sin embargo, hay algo que se mantiene…y es la tristeza de volver la espalda al lugar que te vio nacer y a los que te vieron crecer y la visión de que tal vez, no volverá a ser tu hogar. ¡Buena suerte!

3 comentarios:

  1. Paula Díaz Mesa

    Muchas gracias por la invitación, Omayra. Me alegro de que te guste Inspiración Alrededor. Tus versos de verdad inspiran pensamientos. Son muy bonitos, no los dejes de hacer.
    Saludos.

    Reply

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