TRES DETALLES PARA CECILIA

Cecilia Gallerani era la amante de Ludovico Sforza y vivía en el castillo Sforzesco donde también conoció al grandioso Leonardo Da Vinci. Cuando éste decidió pintarla ella contaba con tan solo diecisiete años. Además de joven y bella, Cecilia también interpretaba música y escribía poesía, por lo que era muy apreciada. Este precioso e impresionante retrato que hoy se expone en el Museo Czatoryski de Cracovia es, sin duda, uno de los más bellos de toda la Historia del arte. Y es bello en mi opinión por tres simples detalles.El primero de esos detalles es la imagen del armiño. En las manos sostiene y acaricia lo que más posiblemente se tratara de un hurón blanco. La forma que Leonardo tiene de pintar al animal es fantástica. Se han dado numerosas interpretaciones a la presencia de este animal. Algunos lo asocian con la pureza por su pelo blanco, otros con el equilibrio y la tranquilidad, hay quien dice que es un símbolo de la aristocracia o que simplemente se trata de un juego de palabras (en griego el armiño es galé, lo que evoca el nombre de Gallerani). Sea como fuere, la representación del animal es absolutamente magnífica. Muestra una delicadeza por parte del pintor extraordinaria, quien lo representa con la misma actitud que la hermosa Cecilia, y quien le da el mismo protagonismo que a la mujer.

El segundo detalle es la posición. Cecilia es representada moviéndose mientras se gira hacia la izquierda. El poeta Bernardo Bellincioli sugirió que posa como si estuviera escuchando a alguien que está fuera de la obra. La maestría a la hora de reflejar esto es tal, que uno casi que quiere escuchar con ella…y puede.Sin embargo, lo que en mi opinión, hace de este retrato una auténtica obra maestra es el más simple de los detalles. Por este siempre he pensado que Leonardo Da Vinci estaba definitivamente enamorado, pero no de Cecilia, sino de sus manos. La increíble y exquisita delicadeza con la que retrata su mano me parece tan excepcional que solo se explicaría así. Da Vinci pinta el contorno de cada uña, la arruga de cada uno de los nudillos, incluso la flexión del tendón en el dedo doblado. Muchísimo tiempo tuvo que haber pasado el maestro observando las manos de esta joven mujer para así poder retratar el detalle más sobrecogedor de una de las obras más famosas de la historia.
Tres detalles, tres simples detalles que han convertido a la Dama del armiño en todo un icono. Un icono de la belleza, la elegancia y la delicadeza. Genial Leonardo.

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