SALSA PARA ENSALADAS CON AIRES DE LISBOA

Fue la primera vez que cocinó para mí. Y lo hizo con esa elegancia eslava y esa aspiración a la perfección que tanto le caracteriza cada vez que quiere hacer, de algo normal, un ritual especial.
Una lista, unas cantidades exactas…es casi como un sacrilegio cocinar así, pensé. Pero admiro su paciencia, su respeto cada vez que coge una verdura. Yo, sin embrago, soy impaciente por naturaleza, especialmente si tengo hambre.
El pollo empanado estaba delicioso, pero me conquistó con la ensalada. Especialmente con la salsa de la ensalada. Puso en un bol una cucharada de mostaza, un poco de pimentón dulce, una pizca de pimienta, un chorrito de vinagre balsámico, unas cucharaditas de azúcar y finalmente el aceite, poco a poco, sin dejar de remover, hasta conseguir un precioso color con el que vestiría una simple ensalada de lechuga, tomates, pimiento verde y rojo y pipas de girasol.
Tan simple, y tan espectacular.
Hoy es unos de esos días en los que estoy tan cansada que el hambre se me olvida. La ensalada me espera en la mesa de casa. La saboreo y me transporta de nuevo a aquella primavera en Lisboa, a aquella cocina, a aquella vida, a aquella primera vez. Y lo miro, con la certeza de que él también sabe lo que pienso y sonrío. Hoy me he vuelto a enamorar.

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